Uno acostumbra escuchar porque alguna vez supo descubrir que escuchar es bueno, permite aprender, conocer otros puntos de vista, ampliar su criterio. Uno descubre en algún momento de su vida que quienes han de hablar son los maestros, que los alumnos han de escuchar y que ese es el camino a la sabiduría. Luego, uno pierde la fe en la sabudaría y comienza a cuestionar muchas cosas que le han enseñado, pero igual sigue escuchando y manteniendo su opinión escondida, en secreto, apenas si la comenta en su círculo de amigos más íntimos. Al fin, lo que ha de explotar explota, y uno habla.
Uno habla de distintas maneras. Se puede hablar con la voz o con la palabra escrita, se puede dialogar o hablar a multitudes. Se habla no solo para enseñar lo que uno cree haber aprendido, sino para contrastar lo que se cree saber con lo que otros creen saber y de ese contraste se puede extraer un nuevo aprendizaje. Pero este aprendizaje no está basado en la autoridad, sino en el intercambio de ideas y opiniones que suman o restan a determinadas estructuras de pensamiento. De la mayor o menor flexibilidad del pensamiento depende si esa estructura evoluciona, crea anticuerpos para evitar los nuevos conceptos, o directamente trasmuta a una nueva forma de ver las cosas.
Suelo leer mucho en otros blogs y hace poquísimos días he leído un artículo en la bitácora Im-Pulso acerca del abandono que el gobierno de los Estados Unidos ha hecho de determinados servicios , el artículo se llama EEUU: El socorro eficiente solo es para los ricos y aconsejo leerlo.
El artículo trata acerca de como por razones de presupuesto, el gobierno de los EE.UU. ha tenido que recortar los gastos en determinados servicios públicos para orientar lo ahorrado hacia el sostenimiento de sus tropas en Irak, lo que dió origen a una serie de comentarios en los cuales se planteó un disenso entre algunos que sosteníamos (y sostenemos) que los estados democráticos tienen la obligación de garantizar el acceso a la educación, a los servicios de salud y garantizar en lo posible la seguridad de aquellos que viven en el territorio que controlan contra la opinión de otros que afirmaban que pedir eso era solicitar un estado del tipo paternalista y que los servicios de salud, educación y seguridad estarían mejor en manos privadas.
El problema que se plantea, entonces, es el siguiente: ¿si el estado no garantiza el acceso a un servicio de educación gratuito, si no garantiza el acceso a un servicio de salud gratuito, si no ofrece un servicio de seguridad gratuito, para qué cobra impuestos? ¿Cuál es la función del estado moderno, que es lo que debe hacer, a que debe dedicar sus esfuerzos?
Esa es la cuestión a contestar. De la respuesta será posible deducir un cúmulo de nuevas cuestiones, como suele suceder casi todas las veces que se plantea una pregunta de este tipo, que nos permitirán, quizás, comenzar a delinear las obligaciones y responsabilidades de los estados democráticos del siglo XXI.

